viernes, mayo 27, 2011

Casalinga

No os lo vais a creer, pero a mis 32 años (ays) nunca había puesto una lavadora.
Sí sí, lo sé, es acojonante.
Cuando se lo comenté a la madre de Él... bueno. Ojiplática se quedó la mujer.
Sí... sé que quizá no debí decírselo, pero me he dado cuenta de que a veces soy incapaz de morderme la lengua, sobre todo cuando se trata de ridiculizarme a mí misma.
Qué lista soy.
Al volver a casa me preguntaba cómo puedo ser tan idiota, pero es lo que hay.

El caso es que desde que me vine a vivir aquí he aprendido a hacer un montóoooon de cosas y entre ellas se encuentra "poner la lavadora".
Menos mal que él llevaba muchos años viviendo solo cuando nos reencontramos, porque de lo contrario los dos estaríamos sin ropa o con ropa muy pequeña y desteñida.
Y soy tan absurda que por no meter la pata tengo una libretita en la que voy apuntando las instrucciones de las tareas domésticas.

Lavadora: Ropa color. Programa 5, dos tapones, cajetín central (por qué no pone en los cajetines de la lavadora a qué corresponde cada uno de ellos?).

Suelo: cocina detergente botella verde, 1 tapon. Tarima detergente botella azul 1 tapon.

En un recuadrito tengo la receta de las "cotolette" de mi madre.

En otro recuadro el número de teléfono del butanero (sí amigos, aún estamos con butano... qué le vamos a hacer)

Y lo que es más lamentable: en otro recuadro la dirección de casa y el número del teléfono fijo (también llamado "cuando no sabes ni donde vives ni cuál es tu propio número de teléfono").

Nos hemos repartido las tareas, algunas de las cuales me ha tenido que enseñar a desarrollar.
He descubierto que odio tender la ropa pero se me da bien la plancha... y que es mejor que cocine yo.

Los niveles de colesterol de Él han bajado estrepitosamente desde que soy yo la que cocina y no me lo invento, los últimos análisis de sangre lo certifican.
Menos mal que las mujeres de mi familia me enseñaron a cocinar.
Hace poco Él me confesó que antes no comía más que fritanga y comida precocinada lo cual, habiendo tan buena materia prima por estos lares, es un delito enorme.

El otro día me cimenté en la preparación de un caldo gallego, (qué che parece?) y salió rico y todo.

No tengo explicación para el silencio de tantos meses y la "verborrea" repentina de los últimos días.

martes, mayo 24, 2011

Andarsene di casa

Hace tiempo escribí en algún lado que admiro a las personas capaces de cambiar su vida de un día para otro.
Ahora que yo misma lo he hecho, entiendo que no estaba equivocada, porque hacerlo supone un gran esfuerzo en muchos aspectos de la vida.
Supongo que depende de la situación de cada uno, pero venirme a vivir tan lejos de mi familia me ha costado y me cuesta inmensamente.

Al principio me felicitaba a mí misma de lo bien que lo estaba haciendo.
Muy bien, has sido capaz de venirte hasta aquí y adaptarte a la situación sin despeinarte.
Nos queremos tanto y es tan bonita esta ciudad...

Ilusa de mí, creía que todo había sido un simple trámite.
No contaba con que, al trabajar en casa, iba a pasar mucho tiempo sola y me iba a dar mucho tiempo a echar de menos a mi familia.

Que se me caería la lagrimilla de vez en cuando al escuchar alguna canción de las que suele poner papá los fines de semana, que no iba a poder compartir los sábados por la mañana con mamá haciendo la compra, que iba a echar inmensamente de menos a mi hermana y mejor amiga que a partir de ahora tendría que planificar sus salidas y sus fines de semana sin mí...
... y que los haría sufrir con mi ausencia.

A veces me siento como si los hubiese traicionado.
Cuando vamos de visita los veo hablar entre ellos de cosas que desconozco porque ya no vivimos juntos y pienso que yo sigo formando parte de la familia pero no de la misma manera.
Se me hace tan raro referirme al lugar donde vivía antes como "la casa de mis padres", llevo poco tiempo aquí como para sentirme como en casa.
Estoy bien, soy feliz, estar aquí con Él es lo que quiero, y la idea de separarnos aunque sea un fin de semana me horroriza, pero la certeza de que la relación con mi familia nunca volverá a ser como antes se vuelve un nudo en la garganta de vez en cuando.

Madurar también es aceptar de una vez por todas que en la vida no se puede tener todo, que hay que renunciar a cosas importantes para encontrar el propio camino.

martes, mayo 03, 2011

A cena con lui

Cuando en una relación se alcanza un determinado grado de confianza, las cosas pueden llegar a ser poco menos que absurdas.

El otro día Él y yo fuimos a nuestro restaurante favorito a celebrar nuestro aniversario.
Tras colocarme estrategicamente unas tiritas preventivas, me puse unos zapatos rojos con un tacón de vértigo que nunca antes me había atrevido a usar.
Él decidió ponerse... unas bermudas vaqueras.
En fin, cosas que pasan.

Tengo que decir que con esos tacones una se siente más mujer.
Es una chorrada y evidentemente se puede ser muy mujer con zapatos bajos, pero de vez en cuando ese toque extremadamente femenino sienta muy bien (a los pies no tanto, pero bueno).
Mujer cuando estás sentada con las piernas cruzadas y toda mona... pato mareado en cuanto intentas caminar con normalidad por un restaurante que en lugar de baldosa tiene piedras en el suelo.

Pero hoy no he venido a hablar de tacones.

Volviendo al tema de la confianza y lo absurdo de algunas cosas.
Mientras estábamos esperando a que nos sirvieran unas zamburiñas rellenas (qué ricas por Dios)
escuché (sin querer, claro...) la conversación de la pareja que teníamos al lado.

Les acababan de traer la carta y de cantar algunos platos que se servían fuera del menú habitual
y de repente:


- Puesss... yo voy a pedir codillo relleno -
Dijo él, con un tono que sugería un tanteo más que una afirmación.
Mirada baja, perdida en la carta, como un niño que ha sido malo y espera su castigo con la cabeza gacha.

- Codillo!!! No cari, que luego vas a estar fatal toda la noche. -
La contestación de ella, tajante, sin dejar lugar a réplicas.
No te comes el codillo ni de coña. Punto.

Es evidente que el hombre estaba tanteando, lanzando un farol y si cuela cuela. Pero no coló.

Y digo yo.

¿A tí qué te importa lo que quiera comer o dejar de comer tu pareja?
¿Eres su madre acaso?
¿Te va a sentar mal a ti?

- Y tú qué te vas a pedir cari? -
La pregunta de él, supongo que para tantear el nivel de grasa permitida en la cena

- Ay, yo la berenjena al horno -
Como si la berenjena al horno fuese lo único comestible de toda la carta.

Mal asunto!!!

La misma escena se repitió cuando llegó el turno de los postres.

Yo pedí un maravilloso coulis de manzana con helado de vainilla y mi Él un maravilloso flan de mascarpone con frutos rojos que estaban para morirse.

La pareja de al lado compartió un sorbete de limón tras la negativa de ella a pedir postre individual.

Casi me sentía mal al ver la mirada del chico de al lado clavada en mi postre.

Disfruté mucho de la cena, me emborraché con el vino blanco y el licor café casero, fue una noche estupenda y me preguntaba si el chico de al lado se fue a casa igual de satisfecho.
¿Y ella? ¿no tendrá remordimientos por no haberle dejado darse el capricho de cenar lo que le venía en gana?

¿Cómo puede una persona llegar a la conclusión de que puede decidir qué pide su pareja en un restaurante?


(Modo "llevo un siglo sin actualizar y me pongo a escribir como si nada" off)