lunes, febrero 05, 2007

Ma'

La mujer que me dio la vida tiene menos de cincuenta años y los ojos de un color azul increíble que por desgracia no he heredado.
Nunca ha trabajado fuera de casa, ni se ha sacado el carnet de conducir y jamás ha hablado con sus hijos sobre el sexo y cómo funcionan esas cosas.
Es el tipo de mujer que se consideraba perfecta hace unos años.
Guapa como la que más y con un carácter tan dócil que a veces puede llegar a ponerte de los nervios.
Ha asumido el papel que desde siempre le han adjudicado, ese que desde pequeña le metieron en la cabeza que tenía que desempeñar, convencida de que, en realidad, nació para ello.
Para cuidar de sus hijos y de su casa, para cuidar de su marido y no aspirar a nada del otro mundo más allá de todas aquellas cosas que van ligadas a la vida como ama de casa.
Es muy coqueta y antes de salir se maquilla con cuidado, siempre usa el mismo color de carmín y las mismas sombras de ojos de color azul, aunque yo le haya dicho mil veces que no le hace falta pintarse.
Tiene cuatro arrugas contadas que le quitan el sueño y a menudo la gente nos pregunta si somos hermanas porque parece mucho más joven de lo que es.
No hay más que verla.
Su debilidad es mi hermano, el único hijo varón que tiene, y con tal de tenerle contento es capaz de levantarse un sábado a las tres de la madrugada, cuando "el niño" vuelve de fiesta, para prepararle algo de comer, aunque pase lo que pase, ella lo niega al día siguiente como si la estuvieras acusando de un robo o algo por el estilo.

Me pide consejos que nunca sigue y le encantan las películas de terror aunque pase el 90% de la película tapándose los ojos.
Es una profesional de la lasaña y el tiramisú y un completo desastre cosiendo botones y dobladillos.
Me habla siempre en dialecto y no sabe pronunciar la jota.
Para ella cada pequeña experiencia que se sale de lo cotidiano es toda una hazaña y cuando vamos al cine o a cenar por ahí, al volver a casa lo primero que hace es llamar a su mejor amiga para contárselo y son capaces de estar una hora al teléfono hablando de ello.

Durante mi infancia crecí enamorada de mi padre, anteponíendolo a cualquier otra persona, adorando su forma de ser, su inteligencia, su fuerza, su carácter, su forma de hacer las cosas, considerando sus defectos como virtudes, admirando su valor porque desde siempre he pensado en él como una persona intrépida, capaz de hacer las cosas más alocadas y peligrosas como si de un paseo por el parque se trataran.
Lo veía alejarse de la orilla subido a una lancha, enfundado en su neopreno, con la bombona de oxigeno colgada de su espalda o regresando de alguno de sus viajes al otro lado del mundo y contando, mientras comía un plato de pasta, lo increíble que era Tokio o como había atravesado kilometros y kilometros con la gasolina justa, a través de un desierto. Lo recibía a la vuelta de sus viajes con los brazos abiertos y a la carrera, al grito de "qué me has traídooooooo" cuando en realidad quería decirle que me sentía feliz de que estuviera de vuelta.

Y a mi madre, la persona que me cuidaba y que estaba todo el día pendiente de mi, la persona que cocinaba para mi, que vivía para mi, la consideraba como aquella señora que me obligaba a estudiar, la señora que me perseguía por la casa con un plato en la mano para obligarme a comer algo, la que me prohibia ver los dibujos si me portaba mal, la que me mandaba a la cama a las nueve, la que me regañaba, en definitiva, era esa mujer aburrida que estaba todo el día en casa y que encima me quería obligar a hacer todo aquello que no me gustaba.
Ella era la que tenía que decirme que no, ella era la mala y mi padre el bueno que de vez en cuando me decía que sí, sí que podía quedarme un rato más en el parque, sí que podía bañarme media hora antes de las dos horas de digestión, sí que podía no comer nada por un día... para aquel entonces yo no pensaba que lo hacía porque no era él quién tenía que lidiar conmigo y mis hermanos todo el tiempo.

Y ahora que me doy cuenta de todo esto, me gustaría ser capaz de decirle a mi madre que hace años que lo entendí, que hace tiempo que me di cuenta, pero me resulta imposible.
A veces odio esta parte de mi carácter que me impide decir determinadas cosas.