jueves, agosto 31, 2006

Trabajo de oficina II

¿Que por qué no me digno a actualizar de una vez en lugar de escribir chorradas en los comentarios?

La respuesta es simple:

El lunes llegué a la oficina y la secretaria no estaba: se ha ido de vacaciones.
El caso es que cuando ella no está, me toca hacer su trabajo.
Lo hago pero no me pagan para ello y en mi contrato no pone en ningún sitio que tenga que hacerlo.
Es el precio que tengo que pagar por todos los ratos muertos leyendo blogs y haciendo el tonto y puedo asegurar que para mí es un precio elevado, porque no soporto el teléfono.
Es algo que detesto, no me gusta nada y aquí no para de sonar, sobretodo por las mañanas.
Además, ahora han instalado esos "pinganillos" que van colgados de la oreja tan modernos tipo Madonna, que sólo nos faltan los sujetadores de copa puntiaguda para montar el show y yo, sinceramente, si ya me liaba con el teléfono normal y la dichosa centralita, no os quiero ni contar lo que me ha costado hacerme con el funcionamiento del trasto en cuestión.

Ahora descubro que años de experiencia cubriendo las "bajas" de la compañera (a la que, curiosamente, le baja la regla unas 3 o 4 veces al mes) no han servido para nada.
Todavía me cuesta inventar excusas para darle largas a la gente.

A lo largo del día llaman un montón de personas que lo único que quieren es vender algo o conseguir hacer un contrato de telefonía, vending o lo que sea. Si los reconozco desde el principio, cosa que no suele ocurrir, corto por lo sano diciendo que ya tenemos ese maravilloso tanque de agua fresquita o esa estupendísima máquina de café espresso.
Si no los reconozco mal asunto.

Suena el teléfono.

- Empresadenombrelarguísimoeimpronunciable dígame
- Buenos días, soy Menganita de empresadetelefonía, quisiera hablar con el encargado de la telefonía móvil.
- Un momento por favor.

Marco la extensión del encargado de la telefonía móvil, le digo quién es y me contesta:

- Puf, ahora no puedo, además es una pesada, dile que llame luego.

Bueno, le digo que llame después y a partir de ese momento empieza a llamar cada 5 minutos.
(Está reunido, está comunicando, ha salido un momento, ha ido a comer, aún no ha vuelto de la comida, está atendiendo a un cliente, se ha ido al Congo de vacaciones... etc)
Genial.

Suena de nuevo el teléfono.

--Empresadenombrelarguísimoeimpronunciable dígame
- Quisiera hablar con fulanito, llamo de Banco Y.
- Un momento por favor.

Fulanito es el mismo de antes, el encargado de la telefonía.
Marco de nuevo su extensión.

- Pufff, otro pesado, dile que he salido un momento y que llame luego.

Se lo comunico al señor del Banco y a partir de ese momento empieza a llamar cada 10 minutos.
(A la tercera le digo que ha tenido que salir por una urgencia y que no sé si volverá, uf)
Estupendo.

Me levanto a ver qué es eso tan importante que está haciendo como para no poder atender ni una triste llamada y veo que está espatarrado delante de la tele de plasma que tenemos en exposición, con una coca cola en la mano, con el pinganillo puesto, eso sí.
¡Que cabrón!

Suena otra vez el teléfono.

- Empresadenombrelarguísimoeimpronunciable dígame
- Señorita, yo quisiera hablar con fulanito, tengo un problema con un equipo y necesito que me resuelva unas dudas...

Joe, parece que no hay más gente en la empresa!

Marco una vez más la extensión de mi amigo.

- Te llaman -
- ¿¿¿Y quién coño es ahora??? Que pesados, ¿¿¿qué quieren???? -

Ya estamos otra vez.
Mientras tanto suenan otras dos líneas a la vez, las luces de la centralita no paran de parpadear y me estoy desquiciando. Pienso que seguramente serán el del banco y la de la empresa de telefonía.
Me empiezo a agobiar.

- ¿¿¿¿Me vas a decir quién es???? - insiste el simpático.
- Pues es... es... es.... ..... ..... ..... Es tu mujer!
- Y a qué esperas! Cuelga!

Click.

Todavía no ha venido a pedir explicaciones... ¿habrá pillado la indirecta?

Quiero irme a casa.

Edit de las 17:25: Por si alguien no lo sabía, hoy es el BlogDay (y yo con estos pelos).

domingo, agosto 27, 2006

Sono qui!

Siempre he pasado de los consejos de la abuela en plan: no andes descalza que te dolerá la garganta, llévate una chaqueta para los lugares con aire acondicionado, tápate los riñones aunque sea verano, no duermas bajo el ventilador de techo, no te quedes con el bañador mojado, sécate bien el pelo antes de ir a dormir, no te bañes en la piscina si hay viento porque luego al salir te enfrías, etc etc.
Nunca he sido de esas chicas que van a todas partes con una chaquetilla en el bolso por si refresca, como mi amiga P. que el verano en que nos fuimos de vacaciones a su casa de Benalmádena, nos hizo quitar el aire acondicionado del coche porque decía que luego le dolían las articulaciones y eso que fuera había 40º.

Llevo 27 años andando descalza siempre que puedo, incluso en invierno. Durmiendo con el ventilador encendido en verano, procurando que haya corriente en casa cuando hace mucho calor, bañándome en la piscina o en el mar aunque no haga calor y aunque el agua esté helada y yendo a trabajar en tirantes aunque el aire acondicionado de la oficina esté a tope y nunca me había pasado nada.

Pero la abuela tenía razón:
A "ciertas edades" no se puede dormir con el culo al aire si hay corriente, ni bañarse en la piscina de noche cuando no tienes un bañador seco de repuesto.

Lo he comprobado estos días...

lunes, agosto 21, 2006

...

Modo moribunda: on
Tengo fiebre y me duele todito todo.
¿Se puede estar así en pleno agosto?

Volveré...

(o eso espero)

jueves, agosto 17, 2006

No soy tu madre

Durante estos días en los que no están mis padres me he dado cuenta de lo rematadamente mimado que tiene mi madre a mi hermano.
Entre los muchos detallitos que me han hecho caer en la cuenta, el primero es que "el niño", como lo llama ella a pesar de que pronto cumplirá 22 añitos, no come ni cena si no le pones la comida delante.
Sí sí, hay que ponerle de comer como si fuese un pajarito o un gatito.
El primer día volvió a casa, se tiró en el sofá y yo pensé "en algún momento se levantará, irá a la cocina y se preparará la cena" (bueno, quién dice preparará, dice calentará).
Pero él no. Se quedó viendo la tele y pensé: "se ve que no tiene hambre o ya ha cenado algo fuera". Así que al rato nos fuimos todos a la cama.

Lo bueno vino a la mañana siguiente cuando, después de darle los buenos días, me dijo: "Puff, que hambre tengo, que ayer no había cena y me tuve que ir a dormir en ayunas".
Después de colocarme de nuevo los ojos en su sitio y cerrar la boca, intenté hacerle notar que sí que había cena pero que no es un ser animado que se calienta solo y va con sus patitas hasta donde tú estés.
A lo que él me contestó maravillado, como si acabara de descubrir quienes son los Reyes Magos:
"Ah! Es que mamá me la pone en la mesita del salón..."

Vamos, que la noche anterior estaba repantingado en el sofá, no simplemente viendo la tele como yo creía, sino esperando a que le pusiese la cena.

Cuando hicimos el reparto de tareas domésticas al principio de esta semana para que luego no hubiese quejas de quién hacía más y quién hacía menos, sabiendo que en su vida ha fregado un plato o barrido el suelo, mi hermana y yo, que tampoco somos unas amas de casa perfectas, nos apiadamos de él y le asignamos la ardua tarea de regar el césped (que consiste en darle a un botón, esperar un rato y volver a darle al botón).
Pues bien, ayer me asomé a la ventana y resulta que el césped se está poniendo de un sospechoso y nada saludable color amarillo. Al preguntarle si lo había regado me contestó que no, que como llegaba tarde pues no le apetecía ponerse a regarlo.
Y al decirle que podría haberlo dicho para que por lo menos no se nos quemara y evitar una muerte segura a manos de nuestro padre, me contestó todo digno que qué pasaba ¿acaso no se notaba que no lo estaba regando?

Anoche, cuando por fin disfrutaba de la cama sin el incordio de los malditos mosquitos, vino a despertarme para decirme que se le había olvidado cerrar la puerta con llave.
Entre el desconcierto de no saber muy bien a qué venía eso y el cabreo que me produjo que me despertara por esa tontería, le dije que lo que se hace normalmente en esos casos es bajar y cerrar la puerta.
¿Y qué me contestó?
Que él no podía porque estaba descalzo, que por qué no iba yo.


Y estas son sólo algunas de las muchas cosas con las que me ha dejado totalmente alucinada.
Por desgracia creo que a estas alturas el daño está hecho y difícilmente será posible que cambie el chip y se de cuenta de que las mujeres que hay en casa no son sus esclavas.

Creo que voy a tener que hablar seriamente con mi madre.

martes, agosto 15, 2006

Días así ...

Mis padres se han ido a pasar una semanita a mi querida Lisboa y aquí me he quedado, en casa, con mis hermanos.
Me envían fotos al móvil del Faro da Roca y de la Torre de Belem y pienso que me habría encantado volver con mi hermana, como hace un par de veranos, una semana durante la cual, a nuestro aire, nos recorrimos toda la zona.

Durante estos días me dedico a dar rienda suelta a la creatividad con el aliciente de no tener a mi madre pidiéndome cada dos por tres que quite mis trastos de en medio y me entretengo cazando mosquitos de noche mientras me pregunto por qué no son más silenciosos, porque lo que más me molesta, a parte de que me piquen en las manos, es oír ese maldito zumbido tan cerca de mis orejas.
Una vez leí en el blog de un chico italiano que para que no le picaran ponía el aire acondicionado a tope. Por lo visto a bajas temperaturas no pican, no me extraña, se deben quedar tiesos.
Me pregunto si es peor que te piquen los mosquitos o congelarte... En todo caso, por suerte, no tenemos aire acondicionado en casa.

Por desgracia mañana vuelvo al trabajo y no sé, tengo una sensación rara encima, no sé muy bien como definirla.
Quizá un poquito de rabia no por tener que volver a esa oficina gris, más bien porque recuerdo los veranos de hace años y todo era de otra manera.

También es verdad que hace unos días discutí con J. y como siempre, ahora es cuando empiezo a pasar del enfado a la tristeza y es que no puedo pretender que me dé igual después de todo lo que compartimos en su día.
Además tiene razón, no soy capaz de mantener vivas las relaciones con la gente que conozco y siempre son los demás los que tienen que buscarme.
Es un defecto que he intentado cambiar, pero no soy capaz, tengo largas temporadas en las que no me apetece saber nada de nadie y eso no es fácil de explicar.

Tal vez esta sea la típica crisis que me da cuando estoy mucho tiempo sin viajar.
Me consuelo pensando en que mis vacaciones me esperan en septiembre y que en octubre iré a ver las carreras.
Tengo muchas ganas.

viernes, agosto 11, 2006

Del montón

de Wislawa Szymborska

Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.
Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos personal.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero,de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.
Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.
Arbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.
Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien totalmente diferente.


(Traducción de Gerardo Beltrán)

jueves, agosto 10, 2006

Miguel

Lo vi de lejos.
Estaba en medio de un cruce, con su pijama azul de abuelito y las zapatillas de andar por casa.
Pasé por su lado con la intención de pararme a aconsejarle que andase por la acera pero cuando le miré a la cara me quedé sin palabras.
Era un señor mayor, sobre los 80 años y vi horrorizada que sangraba abundantemente por la boca y por la nariz.
Paré el coche en seco, en medio del cruce, tiré del freno de mano y no me hizo falta apagar el motor, salí corriendo sin poner siquiera punto muerto.

- Isabel!!!
- Señor, ¿se encuentra bien?
- Isabel hija...
- ¿Qué le ha pasado??
- Isabel llevame a casa (estaba llorando).
- ¿Isabel es su hija?
- Me quiero ir a casa...

Estaba muy asustado y completamente desorientado.
Miré a nuestro alrededor y no había nadie por allí, ni coches ni gente, nadie a quien pedirle ayuda. No sabía qué hacer, no llevaba el teléfono móvil encima y por lo tanto no podía llamar a una ambulancia. Siempre me pasa lo mismo, nunca llevo ese maldito trasto encima cuando lo necesito.

Recordé que había una residencia de ancianos muy cerca, seguramente había salido de allí.
Volví a mirarle y sentí un ligero mareo, estaba completamente cubierto de sangre, pero se mantenía en pie y caminaba sin dificultad, supuse que la sangre se debía a una caída o un golpe en la cara.
Conseguí juntar el valor suficiente para observarle bien porque para entonces aún no había superado mi fobia a la sangre y efectivamente, tenía toda la pinta de tener la nariz rota.
Podía llevarlo al lugar de donde había salido pero ¿y si le habían pegado ellos?

No me atrevía a hacerle nada, por miedo a causar más daños que otra cosa.
Por un momento pensé que me iba a caer desmayada... pero le agarré suavemente por un brazo y le llevé despacito hacia el coche.
Abrí la puerta del copiloto, le pedí por favor que se sentara y lo hizo sin poner ninguna pega, incluso se abrochó el cinturón sin que yo se lo pidiera.

Hice lo único que se me ocurrió hacer: llevarlo al centro de salud.
Por suerte vivo en un pueblo pequeño y no se tarda mucho en llegar a cualquier lugar, aunque esté en la otra punta.

Cuando llegamos a urgencias, la chica de admisión lo reconoció:

- Pero señor Miguel ¡otra vez por aquí! Madre mía ¿qué le ha pasado?

Por supuesto, él no se acordaba de ella y seguía llamándome Isabel.

Un celador le ayudó a sentarse en una silla de ruedas y desaparecieron los dos detrás de un biombo.

- Estaba en un cruce y...
- No hace falta que se quede señorita, ya nos encargamos nosotros, muchas gracias por traerlo.
- ¿Qué pasará con él?
- Le curaremos, nos aseguraremos de que no tiene nada grave y una ambulancia lo devolverá a la residencia.
- ¿Y la familia?
- Su mujer falleció y sus hijos se desentienden
- ¿Cómo que se desentienden? ¿Y no se puede hacer nada?
- ¿Qué vas a hacer? Ellos pagan la residencia y la residencia se encarga de él.

Ya veo.
Se ve que tenemos distintos conceptos de lo que significa "encargarse" de alguien.

Y en mi cabeza empezaron a retumbar esas tres palabras en las que pienso cada vez que me acuerdo de aquel día.

jueves, agosto 03, 2006

Trabajo de oficina

Estoy aquí sentada delante de la pantalla trasteando entre el flickr, los blogs, este blog y varias cositas más y de repente aparece el jefe.
Rápidamente, minimizo todo (santo mozilla y sus pestañitas) y pongo la "ventanita de disimular" es decir, una pantalla de un programa de edición de fotografías, con la foto de una pantalla táctil a medio retocar.
Tiene la manía de rondar por detrás de mi silla e incluso de apoyarse en el respaldo, mientras mira lo que estoy haciendo. Suele irse al rato, quejándose de que voy demasiado rápido con el ratón y se marea.

Jefe: ¿Estás haciendo ese trabajo que te he pedido?
Yo: (¿Qué me habrá pedido? Estoy espesa hoy y no encuentro excusas) MMmmmmMmm... pues... No...
J: Ah. (Hace un amago de irse, pero en el último momento se da la vuelta, pensativo) ¿Y qué estás haciendo?
Y: MmmmmmMm... pues... nada.
J: Ah. Vale.

Y se marcha sin más.
¡Si llego a saberlo no me molesto en disimular!
Definitivamente, los jefes de ahora no son como los de antes.

martes, agosto 01, 2006

Parking

(O como amargarse un sábado)


Centro comercial de turno, sábado por la mañana.
Voy con mi madre, nos disponemos a pasar la mañana de compras y acabamos de llegar al parking.
Es una bonita mañana de julio y nada parece poder estropear mi buen humor. En el radio-cd suena el último cutremix que yo misma he grabado la noche anterior y estoy muy orgullosa de la horrenda mezcla que he obtenido. Canturreo la pegadiza canción de turno mientras estoy ojo avizor, en busca de un buen sitio para aparcar.

Mi madre: "bueno, parece que hoy no hay mucha gente"
(está atestado)
Yo: "mmm... si..."
(qué cachonda es esta mujer)
Mi madre: "vamos a seguir a esa familia que parece que va a dejar la compra y dejará su sitio libre."

Bien. No soy partidaria de esta práctica.
En este país la gente no es nada altruista ni solidaria en el super.
Fuera puede que sí, pero en el super...
Basta que te pongas a esperar a que la familia de turno meta todos sus bártulos en el maletero con el intermitente puesto para que ningún buitre te robe el sitio, para que de repente decidan jugar a hacerlo todo a cámara lenta.
Si no fuera un coñazo estoy convencida de que muchos decidirían meter los productos uno por uno, sacandolos de las bolsas, sólo por el gusto de hacerte esperar más, es como si pensaran: ¿quiere mi sitio? pues se lo tendrá que ganar.
Circula por ahí la leyenda urbana de que en una ocasión un hombre abrió un paquete de arroz y fue colocandolo en el maletero granito a granito, sólo para fastidiar al pobre hombre que esperaba a que dejara el sitio libre.
¿Que la niña se acaba de comprar la granja de los pin y pon consistente en 3.000 micropiezas?
Ten por seguro que su padre decidirá montarlo ahí mismo en ese momento. Sólo para hacerte esperar.
¿Que el niño se ha comprado un juego nuevo para su game boy advance? estás perdido.
Seguramente toda la familia se reunirá a su alrededor para observar como la criaturita se pasa por lo menos el primer nivel.
Y tú ahí, esperando.
Luego están aquellos que se ponen a hacer actividades diversas en el coche independientemente de que estés esperando o no. Cualquier momento es bueno para tomar un aperitivo, leer un periodico, discutir con un amigo o enrollarse con la novia.
Y tú ahí, esperando.

Te dan ganas de irte claro, pero es un error.
Porque en el justo momento en el que metas primera y aceleres, verás a través del retrovisor encenderse la luz de marcha atrás del coche delante del cual has estado esperando media hora y cuando te dispongas a parar para volver atrás será demasiado tarde, porque ya habrá alguien con el intermitente puesto esperando a ocupar el sitio.
Y claro, no puedes explicarle a ese alguien que ese sitio te pertenece.

Bueno el caso es que como ya sé como funciona, paso del consejo de mi copiloto y me pongo a dar vueltas, a ver si hay suerte. Cuanto más tardo en encontrar un sitio más a menudo oigo a mi acompañante decir - Te lo había dicho - y más de los nervios me pongo.

Por fin lo veo.
Un hueco perfecto.
Cerca de la puerta, al lado de los carritos, sin columnas cerca... genial
Pongo el intermitente y acelero no vaya a ser que salga algún listo de la nada y me lo quite.
Empiezo a maniobrar y de repente cuando estoy entrando con el morro del coche en la plaza, me veo a un buen hombre en medio del hueco con los brazos cruzados y no parece tener ninguna intención de moverse.
Entonces le hago un gesto con la mano, inocentemente, como diciendo: ejem, voy a aparcar ahí.
Pero él de inocente no tiene nada, me dirige una mirada fría y niega con la cabeza.
Y pienso: ¿cómo que no?
Que no. Que él no se quita de en medio.

Ok.

Bajo la ventanilla y le digo: sería usted tan amable...
Pero no me deja terminar.
- No, es que aquí va a aparcar mi madre, que está dando la vuelta-
Sí, he oído bien.

Calma. Atropellarle no solucionará el problema.
Y echar espumarajos por la boca cual niña del exorcista tampoco.
Tengo dos posibilidades:
Esperar a que se canse o irme.
(Bueno, también podemos liarnos a guantazos o puedo enviar a mi madre a darle un par de bolsazos, pero tenemos todas las de perder así que lo descarto).
Si espero a que se canse y acabo ganando yo, seguro que a la vuelta tendré como mínimo todo un lateral rayado y un retrovisor destrozado. Porque son vengativos estos listillos.
Entonces tengo que decidir si me importan más mis principios o la carrocería de mi coche.

Me voy.

Al final acabo aparcando a tomar por saco, en un hueco estrechísimo entre dos columnas, con poquísimo espacio para maniobrar y en la zona menos iluminada del parking.
Y además, cuando llego a la puerta se han terminado los carritos.

Luego me preguntan por qué no me gusta ir a la compra.