martes, marzo 01, 2005

Minino

Cuando yo era pequeña teníamos un gatito que se llamaba Minino.
Mis padres habían adoptado a Minino y a su mamá porque los necesitaban para quitarse de encima los ratoncitos de campo que paseaban a sus anchas por nuestro jardín.
Minino era muy pequeño, era un gatito negro muy juguetón.

Cuando mi hermana se sentaba en el suelo a ver la tele, Minino se escondía detrás del mueble en el que estaba el televisor y cuando ella se distraía, el gato corría hacía la mano sobre la que estaba apoyada, le daba dos toquecitos con la pata e inmediatamente volvía a esconderse.

Y repetía la misma operación mil veces, hasta que mi hermana se ponía a jugar con él o hasta que él se hartaba de intentar llamar su atención inútilmente y se iba al jardín a cazar moscas e insectos varios, que en muchos casos resultaba bastante más divertido.

A Minino le encantaba darnos los buenos días por las mañanas. Trepaba por la colcha hasta subirse a las camas y después se plantaba delante de nuestras caras, maullando.
En más de una ocasión estuvo a punto de ser lanzado por la ventana, cual despertador inoportuno, pero afortunadamente estos incidentes se quedaban en simples amenazas y algún que otro grito.

Un día, estando aburrida en el jardín, tuve una idea genial.
Hacía calor y Minino estaba tirado en el cesped, medio derretido y recuerdo que yo pensaba que si los gatos sudaran como las personas, Minino estaría chorreando en esos momentos.
Y también recordé que mi madre me decía que no dejara que el gato se subiera a las camas porque estaba sucio.

Entonces vi un barreño en una esquina del jardín, el que mi madre usaba para llevar la colada al tendedero.
Y ni corta ni perezosa cogí la manguera y lo llené de agua fresquita.
Luego fui hasta donde estaba el pequeño felino, que no tenía ni idea de lo que se le venía encima, y le cogí en brazos.
Y lo eché al barreño, para refrescarle y limpiarle al mismo tiempo.

El pobre me miró fijamente durante unos segundos, su cara parecía querer decir: "¿Por qué lo has hecho?".
A continuación salío de allí como pudo y se fue corriendo mientras yo me quedé delante del barreño preguntándome qué había hecho mal.

A partir de ese día Minino jamás se atrevió a volver a casa.
Se quedaba en el tejado del vecino, mirando el jardín y maullando apenado.

Y mis 4 años y yo nos preguntábamos por qué a Minino no le había gustado el baño.